Una Misa en seis idiomas y una mochila litúrgica

Pamplona. Cizur Menor. Viernes 24 de mayo. Lo que ocurre durante la Misa de aquella mañana habla de la catolicidad —término que viene del griego katholikos y que significa «universal»— del Seminario Internacional Bidasoa, regentado por el Opus Dei. Un grupo de seminaristas hace fila ante el ambón para hacer las peticiones. Tan solo consigo identificar el castellano, el inglés e intuyo el chino, pero también suenan el suajili (Tanzania), el indonesio y el chichewa (Malawi). Junto a los idiomas destacan las coloridas camisas de otros tantos seminaristas, que nos llevan con la imaginación hasta Sudáfrica o Vietnam. Una heterogeneidad que se desintegra cuando todos entonan al unísono el Cantico dell’angelo durante la celebración, una melodía que, por su belleza, te hace desear que aquello no acabe nunca.

«Alrededor del 60 % de los seminaristas que vienen aquí proceden de iglesias jóvenes que tienen la ilusión de seguir creciendo».

Javier Ruza

Rector

Algo parecido les pasa a los casi 100 seminaristas de diferentes partes del mundo —México, Venezuela, Nicaragua, Uganda, Ecuador, India…— que residen actualmente en Bidasoa enviados por sus obispos para completar su formación. En no pocas ocasiones, son chicos que vienen de un contexto de mucha necesidad y la atención que reciben en el centro, tanto formativa, como espiritual e incluso culinaria —las croquetas, los crepes de boletus, la ensaladilla rusa y las tostas de carne mechada que degustamos en el comedor dan buena fe de ello— podría confundir a los candidatos a sacerdotes. «Desde el primer momento se les dice que vienen a este centro para regresar», explica el rector, Javier Ruza, a este semanario. «Aquí se nutren, tanto intelectual como espiritualmente, para luego volver a sus países de origen y transmitir lo aprendido allí donde les pida su obispo». La estancia está financiada total o parcialmente por el Centro Académico Romano Fundación (CARF), entidad que trabaja para que ninguna vocación se pierda por falta de medios económicos. Los jóvenes, de hecho, «no son seminaristas españoles, sino de Pekín, de Hanói, de la diócesis de cada uno». Ante esta peculiaridad, la reforma promovida por el Dicasterio para el Clero para los seminarios españoles, que busca adaptar la formación al contexto eclesial y social actual, «pienso que no nos va a afectar demasiado», reflexiona Ruza. El visitador apostólico, el obispo uruguayo Milton Luis Tróccoli, pasó por Bidasoa, se reunió con sus responsables y se llevó la documentación oportuna, pero «desde entonces no hemos recibido ninguna otra comunicación ni propuesta».

Un alba a medida

Tras la Misa y la comida, los seminaristas de Bidasoa ofrecen un espectáculo a los benefactores del CARF, que han viajado hasta Pamplona para poner rostro al donativo que cada uno de ellos ha hecho. Los jóvenes cantan, bailan, alientan a los presentes y, sobre todo, les dan las gracias. «Vuestra generosidad nos ayuda a llevar el mensaje de Jesús a todos los rincones de la tierra», dice uno de los jóvenes justo antes de deleitar al público con su portentosa voz.

El momento central de la celebración es, sin embargo, el acto de entrega de mochilas a cada uno de los seminaristas de quinto curso, que ya han terminado sus estudios y que, en las próximas semanas, irán regresando a sus países de origen. «En su interior hay todo lo necesario para celebrar la Santa Misa en cualquier lugar», explica una de las benefactoras del CARF. El regalo del Centro Académico Romano Fundación contiene una pequeña tabla que hace las veces de altar, todos los vasos litúrgicos, dos pequeñas velas, estolas de todos los colores y un alba confeccionada a medida. «Al principio de año nos dicen vuestras medidas y la cosemos según ellas para que os queden perfectas», dice la mujer, que acto seguido le entrega el obsequio a Vedastus Machibula.

Fredy Yerena, de Ecuador, es uno de los entonces seminaristas —hoy ya sacerdote— que en su día recibió la mochila del CARF. «Por ejemplo, me fui de misión a Cuba y gracias a ella pude celebrar Misa allí en una comunidad muy, muy pobre a la que hacía tiempo que no se podía acercar un sacerdote», explica.

El día concluye con una invocación a la Virgen. Seminaristas y benefactores se trasladan al jardín de Bidasoa y allí rezan el rosario portando, por turnos, un paso coronado por una pequeña talla de la Madre de Dios, a la que tiran pétalos desde un balcón. «Que el Señor esté en vuestros corazones y la Virgen os acompañe», dice el celebrante. «Amén», contestamos todos.

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