Madrid reza por las cruces de hoy

El sacerdote diocesano Toño Casado, autor de musicales tan reconocidos como 33 El Musical, ofreció la noche del miércoles su Viacrucis a los cientos de fieles que abarrotaban la catedral de la Almudena en una noche de frío y lluvia. «Te acompaño en el camino de la cruz», cantaban todos al unísono. «No sé si tendré fuerzas para estar a la altura del que dijo que daría todo por mí», continuaba la asamblea.

Jesús cautivo y condenado a muerte. La primera estación la leyó José Ángel, interno en un centro penitenciario. «Dime que el vía crucis pasará», entonaba la asamblea. «Pero que se haga tu voluntad».  «Señor, te pedimos por todos aquellos que están en la cárcel, por los que se equivocaron en la vida, por los que hicieron el mal a los demás». También por «los que son apresados injustamente, los que son vendidos, condenados a pena de muerte», pidió María Yela, delegada de Pastoral Penitenciaria de la archidiócesis madrileña.

Francisco Javier, formador de educación especial, leyó la segunda estación, cuando Jesús carga con la cruz. A continuación pidieron «por los niños que sufren acoso, abusos, se sienten solos. Los que no hablan, no encuentran la salida, y pierden la sonrisa y la inocencia, cargando con la cruz de la culpa y la tristeza».

La tercera estación, cuando cae Jesús por primera vez, la protagonizó Ascensión. Una mujer mayor. «Caer contra el suelo una y otra vez», cantaba Casado. Y un recuerdo por «los que se encuentran solos tras vidas de esfuerzos y dedicación, que languidecen en residencias o domicilios sin visitas. Sociedad superficial y artificialmente joven donde los ancianos ya no tienen sitio».

Jesús se encuentra con su Madre. Una madre de familia, de siete hijos, leyó la lectura. Con su niña al lado. El actor que interpreta a Jesús entonó: «Madre buena que me cuidas cuando todos se van ya». Y la petición lanzada «por todas las madres del mundo, por las que se plantean tener hijos o no, para que descubran el valor de la vida en la maternidad. Por las madres solteras o las que tienen difícil llegar a fin de mes. Por las que sostienen a su familia como un pilar».

Un momento de los actores intepretando las canciones. Foto: Archimadrid / Ignacio Arregui.

En la quinta estación, la del Cireneo, fue una voluntaria de Cáritas la que leyó. «Por los que como el Ireneo ayudan a llevar la cruz de otros y dan su tiempo y su energía para que los demás estén mejor». La Verónica enjuga el rostro de Jesús. Conchi y Alberto tienen parálisis cerebral. «Por todos aquellos que se enfrentan a la vida con valor y hacen de su limitación un trampolín para vivir su vida apasionadamente». Jesús cae por segunda vez y con él llega Mari Mar, víctima de accidente de tráfico. «Por todos aquellos que perdieron su vida inesperadamente en accidentes de tráfico, por catástrofes naturales o incendios. Por los que perdieron casas y recuerdos familias por el zarpazo de la naturaleza».

En la octava estación las mujeres presentes en la catedral se pusieron en pie. Se encontraron con Jesús. Aurora, una mujer miembro de la Comisión por una Vida Libre de Violencia contra las Mujeres leyó la estación. «Por las mujeres víctimas de abusos y violaciones, explotadas y vendidas, por las que padecen la dictadura de la belleza y la apariencia, por aquellas discriminadas o silenciadas. Que nos tratemos con igualdad y valorando nuestra diversidad».

Jeús cae por tercera vez e Irene, mujer en paro, leyó la lectura. «Recordamos a tantas personas que sufren el paro, jóvenes sin horizonte, personas maduras que no encuentran su lugar. Te pedimos Señor que haya empresarios que creen empleo, que los trabajadores sean tratados justamente». Lucía superó una depresión. Leyó la estación en la que Jesús es despojado de sus vestiduras. Por las personas que sufren depresión y enfermedades mentales, los atenazados por complejos, los presos por las adicciones.

A Jesús ya le clavan en la cruz. Carolina ha superado un cáncer. «Pedimos por las personas que sufren enfermedad, por quienes reciben malos tratos, por los que pasan tiempo en el hospital. Por los que no tienen esperanza. Y recordamos a las familias, a los cuidadores, a los sanitarios que tanto trabajan para curar y acompañar a los enfermos». 

Jesús muere en la cruz. Ludmila escapó de la guerra. «Señor, Tú sabes que hay 23 guerras, te pedimos que construyamos la paz». David atravesó el Mediterráneo en patera. Fue el encargado de leer la estación en la que Jesús es bajado de la cruz. «Por todos aquellos que tienen que abandonar su hogar, por los que pierden la vida en el camino, por los que son explotados en destino o viven en campos de refugiados. Que convirtamos el mundo en un hogar para todos». 

El cuerpo de Jesús es depositado en una nueva tumba. María perdió a su hijo José y leyó la estación. «Pedimos por todos los que pierden a un ser querido, por todos los que amamos y nos dejaron, y nos legaron su herencia de valores y luminosos recuerdos. Guárdalos Jesús en tu corazón y que un día nos reunamos en tu casa de luz y paz».

Toda la asamblea entonó al unísono «con la fuerza de la cruz». El cardenal Cobo, arzobispo de Madrid, puso punto y final a la oración y musical. «Esta noche con música y luz hemos escuchado la voz y los rostros de mucha gente que nos ha presentado lo que es la vida, sin engaños». Tras agradecer la valentía de hacer juntos el vía crucis, «algo que cuesta trabajo entender y para lo que necesitamos la Semana Santa». No hay atajos, «es el camino a la Resurrección y es parte de la vida».

«Nadie podrá decir que dios es una entelequia, porque tiene rostro, porque ha pasado por cada uno de los rincones de vuestras vidas, porque sigue pasando por ellos y sigue resucitando en cada uno de los pasos del vía crucis y hace lo que hemos hecho aquí, sacar la luz y hacer un cántico nuevo de lo que antes parecía una maldición», añadió. «Cada vía crucis es un espejo donde nos dice dónde estamos. Unos en silencio viendo cómo se crucifica al inocente; otros agrediendo; otros padeciendo sin tener respuestas. Pero siempre Jesús pasa y siempre nos retrata, y al final en la cruz a todos nos da una palabra de amor, estemos donde estemos. Siempre hay una Verónica, un Cirineo, un José de Arimatea, una mujer que llora y nos remite a Él».

«Los lugares que otros dicen que son malditos pueden ser lugares de luz», concluyó.

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