Las dudas sobre el golpe fallido en Bolivia llevan al país «camino del desastre»

«En Bolivia no es infrecuente que haya cambios de gobierno precipitados por revueltas sociales, pero nos parecía extraño que el de ayer fuera militar», explica a Alfa y Omega Cristóbal Gil Talavera. Él y su mujer son misioneros laicos de la diócesis de Cartagena. Están afincados en Bolivia desde hace 29 años donde, acompañados por sus cuatro hijos, impulsan la labor de la Fundación Palliri, dedicada a la educación con dos escuelas infantiles y dos centros de apoyo para adultos. También han sido testigos del fallido golpe de Estado encabezado por el general Juan José Zúñiga el pasado 26 de junio que, según Cristóbal Gil, «se tornó esperpéntico».

«No nos cuadra, no entendemos cómo un militar sin el apoyo de nadie pudo dar un discurso ante los medios y el presidente saliera a hablar con él», señala Gil. Recuerda que además, tras hablar con Luis Arce a las puertas de la sede del Gobierno, Zúñiga dio media vuelta y desconvocó el levantamiento.

La fundación Palliri trabaja con unos 350 niños. Foto: Fundación Palliri

El misionero advierte de que «el país se encuentra en una situación de crisis social muy grande». Tras los conflictos internos en el partido al mando —Movimiento al Socialismo— «hay una situación de desgobierno total», pues «no tiene poder en la Asamblea para aprobar leyes». «Esto va camino del desastre», sentencia.

«Hubo un momento de histeria general»

Al ser detenido, el general Luis Zúñiga aseguró que el presidente Luis Arce le había pedido sacar «los blindados» para «levantar» la popularidad del mandatario boliviano porque «la situación está muy jodida». Preguntado sobre estas declaraciones del militar, Cristóbal Gil confirma que «existe la posibilidad que el Gobierno, ante una situación de baja popularidad, monte un escenario de estos». «La gente en la comunidad cree que ha sido una manera de tirar a un salvavidas al Gobierno para justificar su posición» que, aunque «es legítimo» y ha salido de las urnas, cada vez tiene menos aprobación.

Gil cuenta cómo su mujer, misionera como él, «quedó atrapada con su coche en el centro de la ciudad» cuando se produjo el alzamiento y «hubo momentos de muchísimos nervios». La situación «recordaba a las cosas que pasaban en los años 70 y era muy extraña», apunta el misionero de Cartagena. Pero, después de la preocupación, «inmediatamente la situación se tornó ridícula». Y lamenta que «ahora la gente está enfadada porque piensa que se está tratando de manipular a la opinión pública». «Lo preocupante es que ahora crea una situación de mucha vulnerabilidad», sentencia.

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