Golpe a golpe, de refugiada a los Juegos Olímpicos de París

Con 11 años Cindy Ngamba huyó de Camerún con su madre y su hermano. Abandonar su poblado —donde vivía sin agua potable, ni letrinas, ni electricidad— era su única opción para no acabar como tantos otros niños de su edad, con la infancia arrancada, en alguna de las minas ilegales del país africano que lleva décadas despellejado por la violencia y la miseria. «Mi madre solo quería un futuro mejor para nosotros», asegura.

Llegó a Reino Unido en 2009, pero se topó con un mundo lleno de prejuicios. Creció como una niña marginada, en un barrio a las afueras de Londres en el que se reían de ella por su acento. «Mi inglés no era muy bueno y sufría acoso escolar. Era una niña triste y tímida que intentaba encontrar una razón para levantarse cada día, pero era muy duro», asegura. Forjó su carácter en los campos de fútbol del colegio, aunque tampoco terminaba de encajar. «No conocía cosas como el desodorante, así que olía mal en clase y los niños se burlaban de mí», recuerda. Así, golpe tras golpe, moldeó su madurez. El boxeo fue el faro que le dio la motivación que necesitaba. «Tenía 15 años y cerca de donde entrenábamos había un gimnasio del que salían un montón de chicos sudando y me picó la curiosidad. Entré y los vi ahí, enfrentados en el ring, dándose puñetazos, golpeando el saco. Esa imagen fue como un flechazo», asegura Ngamba, que se ha convertido en la primera boxeadora refugiada que participará en unos Juegos Olímpicos. El mes pasado ganó por nocaut ­—cuando el rival queda incapacitado para levantarse de la lona del cuadrilátero— a la kazaja Valentina Khalzova en los cuartos de final de la categoría de los 75 kilos en una competición en Italia.

Como esta joven de 26 años, que estuvo a punto de ser deportada, otros 35 deportistas competirán en París con el equipo de refugiados del Comité Olímpico Internacional (COI). Lucirán en el pecho los cinco anillos del logotipo olímpico. Entre ellos estarán el taekwondista afgano Abdullah Sediqi, el atleta sudanés Jamal Abdelmaji, el levantador de peso cubano Ramiro Mora Romero o la jugadora de bádminton iraní Dorsa Yavarivafa. La ciclista afgana Masomah Ali Zada, que debutó como deportista olímpica en Tokio 2020, está al frente de este grupo que, además del sacrificio y la disciplina, comparte un pasado de exilio forzado. «Es un auténtico honor para mí ser la jefa de misión. Voy a tener la oportunidad de participar en unos Juegos Olímpicos nuevamente, solo que, en esta ocasión, no será como atleta. Esta vez, será muy diferente. Va a ser un momento de gran orgullo para mí», asegura Ali Zada, que desafió a todo Afganistán la primera vez que se subió a una bicicleta con 6 años y que, como Ngamba, tuvo que huir de su país de origen. «Se podría incluso decir que el ciclismo estaba prohibido. Pero mi participación en los Juegos Olímpicos es la prueba de que todo el mundo puede practicar deporte. Es un símbolo de igualdad y libertad. Personalmente, creo que he roto ese tabú. He demostrado que el ciclismo es un deporte que también pueden practicar las mujeres», incide en declaraciones a la página Athlete365, vinculada al COI. Fue tal el repudio que generó su pasión por la bicicleta en la sociedad afgana, dominada por el régimen talibán, que un día un hombre la atropelló mientras paseaba con su bici. «Sabía que estaba en peligro, pero nunca imaginé que la gente podría agredirnos por eso. Casi todas las chicas que hacían ciclismo tuvieron la misma experiencia», reconoce Ali Zada. Como Ngamba, sueña con que las mujeres de su país sean libres de decidir su destino.

Con el apoyo de la Fundación Olímpica para Refugiados, que organiza el equipo, y el impulso de ACNUR, la delegación representará a una de las comunidades más numerosas presentes en los Juegos Olímpicos, ya que hay más de 100 millones de refugiados en todo el mundo. Los preparativos son una auténtica odisea porque los atletas de este equipo —que debutó en 2016 durante las olimpiadas de Río de Janeiro con diez atletas— viven dispersos por varios países, desde Canadá hasta Australia. Se comunican por WhatsApp a diario y se darán cita durante varios días en la ciudad francesa de Bayeux, antes de que empiecen las competiciones.  En Tokio 2020 fueron 29 deportistas y este año suman 36 atletas, hombres y mujeres, que representan a once países distintos como Cuba, Irán, Siria, Camerún, Venezuela, Congo o Sudán. A todos ellos los une el desarraigo. Son supervivientes, que visibilizan, gracias a su éxito en el deporte, el drama de los que esperan en el limbo de la indiferencia que les concedan el asilo.

El equipo nació por una nadadora siria

El equipo olímpico de refugiados, que este verano compite por tercera vez en la cita deportiva por antonomasia, debutó por primera vez hace ocho años en Río de Janeiro. En 2015, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach, anunció su nacimiento en un momento en el que Europa miraba de reojo la guerra en Siria, que forzó a decenas de miles de familias a huir de su país atravesando alambradas con espinas para llegar hasta Alemania. Como muchos sirios, la nadadora i escapó de las bombas. Tenía 17 años cuando abandonó Damasco junto a su hermana. Para llegar a Europa se subieron junto con otras 18 personas a una barcaza destartalada que empezó a hundirse tras un fallo en el motor. Las dos hermanas se lanzaron al agua y empezaron a empujar el bote mientras nadaban en un ejercicio de resistencia brutal de tres horas, hasta llegar a la isla de Lesbos. Su hazaña impactó tanto a Bach que decidió acelerar la creación de este equipo que compite sin bandera.

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