Eternamente jóvenes e insatisfechos

Marchando un clásico fresquito para el verano. Se trata de una edición ilustrada del cuento de Francis Scott Fitzgerald, que vio la luz en los años 20 del siglo pasado (1922), y al que décadas más tarde el imaginario del nuevo milenio colocaría los rostros protagonistas de Brad Pitt y Cate Blanchett en una exitosa adaptación cinematográfica (David Fincher, 2008) que, sin embargo, nada tiene que ver con la ironía ni el decadente espíritu fitzgeraldiano. El punto de partida de ambas narraciones sí es el mismo, pero solo la original impregna la premisa fantástica de tragicomedia en aras de la más cruda crítica social.

Benjamin Button nace siendo un anciano que irá rejuveneciendo con el paso del tiempo y ese recorrido existencial a la inversa le regalará más sombras que luces. Para empezar, sus padres, aristócratas de preguerra, se verán degradados «en su primera experiencia con la encantadora costumbre de tener bebés» al alumbrar a un septuagenario con bastón como primogénito. Le obligarán a jugar con un sonajero pero él, a escondidas, leerá la Enciclopedia Británica y fumará habanos en el cuarto de juegos. A los 12 años, el pelo blanco le tornará gris, al fin le dejarán llevar pantalón largo y comenzará su decrecimiento. Sufrirá escarnio en la Universidad de Yale por aparentar más edad, acusado de viejo loco y peligroso, y quedará profundamente herido en su tierna sensibilidad adolescente. A los 20 años parecerá el hermano de su padre, que le paseará por los bailes de moda habiendo transformado la repugnancia hacia su persona en adulación a causa de la más mezquina motivación: Benjamin ha sido capaz de duplicar la fortuna de la empresa familiar. 

También el dinero resultará decisivo para ganarse el afecto del que será su suegro, el general Moncrief. Pero más allá de los 50, Benjamin Button se sentirá cada vez más atraído por el lado alegre de la vida, algo que acabará pasando factura a su matrimonio con Hildegarde Moncrief: no soportará verla perder lozanía a su lado mientras que él seguirá descontándose años. De la adoración del noviazgo pasará al descontento cuando ella se convierta en una madre canosa con muchas menos ganas y energía para los saraos, por lo que no dudará en alistarse en el Ejército al estallar la guerra hispano-estadounidense para huir del hogar en pos de nuevas emociones. Regresará a casa con una medalla y algunos reconocimientos que le durarán muy poco, y sufrirá la última crisis matrimonial. De todos los reproches posibles, Hildegarde le echará en cara el único del que no es culpable: su anomalía biológica.

El nuevo siglo lanzará ya definitivamente a Benjamin a la búsqueda del placer sin concesiones, no habrá fiesta a la que no asista ni mujer con la que no baile ante la mirada grave y perpleja de su esposa, de la que se avergonzará en público. Compensará la creciente infelicidad con aficiones lejos de casa, como el golf, y será el primer hombre de la ciudad de Baltimore en tener y conducir un automóvil. La cima del éxito será fugaz; pronto le llegará el declive intelectual y con él, el repudio de su hijo Roscoe, que sacrificará la relación paternofilial para evitar a toda costa cualquier escándalo que pueda menoscabar su prestigio en la comunidad. Benjamin acabará teniendo la misma edad de su nieto y seguirá haciéndose más pequeño, hasta alcanzar los únicos instantes de paz de su existencia, los que le propiciará el sueño infantil en la cuna. 

Perderá todos los recuerdos perturbadores de una vida consagrada a la frivolidad, acogiéndose en la recta final a los dulces cuidados de su niñera. Es así como Scott Fitzgerald refleja una vez más el desencanto y lasitud de los jóvenes más privilegiados de su generación.

El curioso caso de Benjamin Button

Autor:

F. Scott Fitzgerald

Editorial:

Nórdica

Año de publicación:

2024

Páginas:

80

Precio:

16,95 €

La entrada Eternamente jóvenes e insatisfechos se publicó primero en Alfa y Omega.

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