Este monasterio salvó a Colón de ahogarse

La noche del 14 de febrero de 1493, Cristóbal Colón capitaneaba la zozobrante carabela Santa Clara durante una tempestad a la altura de las islas Azores. «Los marinos, muertos de miedo, le pidieron a la santa que intercediera ante Dios por ellos para que el barco no se hundiera», cuenta Juan Manuel Moreno Orta, conservador del monasterio de Moguer que dio su verdadero nombre a esta embarcación, más conocida como La niña al ser propiedad del maestre Juan Niño, pero botada como Santa Clara en 1488 en honor a la amiga de san Francisco de Asís.

A cambio de conservar la vida, los marineros ofrecieron a la santa que, «uno de ellos, al volver a España, pasaría una noche rezando en este monasterio». Para elegir quién lo haría, la tripulación echó en un gorro «un garbanzo por cada marino». Uno de ellos, «marcado con una cruz», lo que señalaría al encargado de saldar la deuda, con la inesperada coincidencia de que lo extrajo «el propio almirante Colón». Como era el jefe, una vez en tierra firme, no solo él sino también sus subordinados pasaron la prometida noche de oración en el monasterio de Santa Clara de Moguer. Desde entonces, todos los 16 de marzo se lee allí «el diario de a bordo donde se recoge esta promesa y se renueva dando gracias porque los marinos llegaron sanos y salvos», explica Moreno Orta.

No es la única conexión con el descubrimiento de América de este monasterio erigido en 1337 por el almirante mayor Alonso de Jofre Tenorio y que supuso la primera fundación franciscana en la actual provincia de Huelva. En los días en los que los Reyes Católicos se debatían entre sufragar o no el viaje de Colón, Fernando de Aragón «era más reticente» que Isabel de Castilla a financiarlo, pero fue una carta de doña Inés Enríquez y Fernández, abadesa del monasterio y tía suya, la que acabó convenciéndolo para «tener en cuenta el proyecto de aquel futuro almirante».

Una sillería nazarí

Más allá de su conexión con el Nuevo Mundo, el monasterio de Santa Clara es una muestra de «la convivencia de las tres religiones» en España. La sillería de su coro, terminada en 1370, «está realizada por ebanistas nazaríes del Reino de Granada, y los tesoreros y médicos del convento eran judíos» hasta la expulsión forzosa de esta confesión, cuando pasaron a ser conversos.

Esta sillería está decorada con columnas nazaríes «igual que las de la Alhambra», dice el conservador del monasterio. «Encima de los capiteles hay adjetivos en árabe que mencionan a Alá, y los reposabrazos de las sillas tienen leones iguales a los de la Fuente de los Leones de la Alhambra», apunta Moreno Orta. Frente a la extrañeza de hallar estas huellas musulmanas en un templo cristiano, recuerda que así se hacía hace 700 años, cuando dichas inscripciones se escribían en árabe «como podrían haberse hecho en latín, griego o castellano. En aquellos momentos el arte de moda era el del Reino de Granada» y también el rey Pedro I de Castilla, «cuando reformó el Real Alcázar de Sevilla, imitó el arte nazarí».

Mirada de cerca, la sillería habla de «la alta nobleza castellana y aragonesa», pues «está decorada con los emblemas de las familias» de las monjas que allí se sentaron. Dispone así de un escudo para cada apellido, dos del padre y dos de la madre, sumando cuatro por religiosa. En su apogeo llegaron a ser hasta 80.

No fueron las únicas habitantes ilustres de este convento, pues aquí está enterrada también la familia Portocarrero, antepasada de los duques de Alba. Fechadas entre 1519 y 1540, de sus nueve tumbas las que más llaman la atención son las de «cinco cuerpos compartiendo un mismo lecho frente al altar mayor». Fueron labradas en Italia por un autor anónimo, aunque se sabe que la última, la de don Juan Portocarrero, es obra de Guglielmo della Porta, un escultor «en la órbita de Miguel Ángel».

Frente a este conjunto funerario está el único retablo mayor de toda la Edad Moderna dedicado por entero al libro del Apocalipsis. Realizado en 1630 por Jerónimo Velázquez, cuenta con «pinturas singularísimas» y «muy difíciles de entender» sobre la mujer revestida del sol y la bestia de siete cabezas, lo cual «da una idea del notable nivel intelectual de las monjas». Las figuras inferiores fueron «acuchilladas» en la Guerra Civil, pues el 21 de julio 1936 los milicianos asaltaron el edificio y «sacaron afuera las piezas que pudieron y las quemaron», cuenta Moreno Orta. No consiguieron desmontar ni incendiar por completo el retablo, que se conserva hoy «al 80 % de su constitución original».

Las clarisas habitaron este monasterio desde 1337 hasta 1904, cuando murieron sus últimas cuatro hermanas. Después, las esclavas concepcionistas del Divino Corazón instalaron allí su colegio y noviciado hasta marcharse en 1955 y ser sustituidas por los frailes capuchinos. Después de que estos lo abandonaran en 1975, este monasterio, «uno de los grandes ejemplos del mudéjar español», «el más rico de Andalucía occidental» y con el mayor claustro de su estilo en España, alberga en nuestros días el Museo de Arte Sacro de Huelva.

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