El primer hospital para epilépticos de España cumple 125 años

A comienzos del año 1854, Diego Fernández de Vallejo —más tarde marqués de Vallejo— y su esposa Sofía Flaquer festejaban el nacimiento de su primer hijo, José Manuel. Un año después llegaba la pequeña Mariana, que, sin embargo, falleció a los seis meses de vida. La madre lo haría días después. Solo y con un hijo de año y medio, Diego se estableció en la calle Fuencarral número 4 de Madrid, donde se convirtió en un próspero hombre de negocios que se relacionaba con lo mejor de la sociedad madrileña, incluida la clase política. La epilepsia de su hijo debutó pronto, y el marqués de Vallejo, tras recorrer España y media Europa buscando una atención médica especializada para el pequeño, decidió fundar un centro específico en Madrid para esta dolencia. Para ello, compró una finca de 900.000 metros cuadrados a las afueras de la ciudad, en los Carabancheles —los mismos campos que siglos atrás labró san Isidro—, en la que edificó un hospital que fue el primero para epilépticos de España y, hasta 1954, el único.

El primer paciente fue Enrique Vázquez, de 16 años. Foto: Fundación Hospital San José.

Puesto en contacto con san Benito Menni, el marqués de Vallejo desarrolló una fundación cuya gestión se encomendó a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, con la Iglesia de Madrid como miembro de su patronato. El hospital se puso en marcha en 1899 y, paradójicamente, sus primeros pacientes fueron 375 soldados heridos en la guerra de Cuba, después de que el marqués pusiera a disposición de la Corona española sus instalaciones. Como hospital para epilépticos, se inició con 123 pacientes. «Era una enfermedad que se cronificaba y conllevaba muchas secuelas», explica el hermano Ramón Martín, que desde los años 80 estuvo ligado al centro, siendo superior del mismo de 2001 a 2010.

Durante la Guerra Civil, los doce religiosos que formaban la comunidad del hospital fueron asesinados en Boadilla. Beatificados por san Juan Pablo II como mártires de la fe, sus restos se veneran en la cripta del centro sanitario. «Son una fuente de inspiración espiritual», asegura Martín. También reposan allí los marqueses de Vallejo y sus hijos.

Claves

  • El hospital se edificó junto al arroyo Butarque, que solucionaba el acceso y vertidos de aguas.
  • Cada pabellón se dedicó a un santo en memoria de la familia del fundador o de la orden hospitalaria.
  • La segunda mujer del marqués, Nicolasa Gallo, tuvo un papel determinante en su desarrollo.
  • Hace un siglo, la estancia costaba dos pesetas al día.

La casa, que se autoabastecía de lo que la comunidad de religiosos cultivaba en los huertos, «fue tirando como pudo» hasta 1995, año en el que «se replanteó una revolución asistencial» para la diversificación: un área sanitaria, con 305 camas, entre ellas 32 para cuidados paliativos y 72 para atención a personas en estado comatoso; una de atención a la discapacidad, tanto intelectual como física, y otra residencial, con 71 plazas para epilépticos y 55 para dos centros de día. Junto a esto, la fundación gestiona un centro de educación especial con 67 alumnos. «Hay mucha vida en esta casa», reconoce el hermano Ramón, porque a todos ellos se suman 500 empleados y 110 voluntarios. La atención espiritual es un puntal en el centro, sobre todo en paliativos, pues «necesitan ser acompañados, charlar y recibir los sacramentos», explica el hermano.

El hospital, con nueve pabellones, se construyó siguiendo el proyecto de Federico Aparici, catedrático de Arquitectura y autor de la basílica de Covadonga
El hospital, con nueve pabellones, se construyó siguiendo el proyecto de Federico Aparici, catedrático de Arquitectura y autor de la basílica de Covadonga. Foto: Fundación Hospital San José.

Tan solo dos años después de la puesta en marcha de la fundación moría el marqués de Vallejo; su hijo lo había hecho antes, a la edad de 24 años. Ni uno ni otro pudieron disfrutar de la obra, pero sí lo han hecho desde entonces un incontable número de personas que han vivido ese «algo especial» que tantos reconocen aquí. Si los fundadores levantaran la cabeza, «verían que sus objetivos se han cumplido, y en esta última etapa de forma brillante». El hermano Ramón añade: «La realidad actual es un motivo de orgullo por la calidad y la cantidad de prestaciones, y también por los valores y el estilo asistencial». Como dijo el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, durante la celebración, la semana pasada, de los 125 años de vida de la fundación, este hospital ha sido «un espejo de esa Iglesia hospitalaria que entiende que el amor creativo es inseparable de la innovación y la atención a los enfermos».

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