Cuidar y dejarse cuidar: el valor de la fragilidad

El camino más directo a una existencia llena de sentido, pasa por descubrir la vulnerabilidad propia y ajena. Este enunciado, sencillo en su expresión, pero profundo en sus consecuencias, condensa la propuesta antropológica que hacen los profesores Montoya y Giménez Amaya en una reciente publicación de la colección “Filosofía y Teología Pública” de la editorial Dykinson titulada Corporalidad, tecnología y deseo de salvación. Apuntes para una antropología de la vulnerabilidad.

Este libro es fruto de años de trabajo interdisciplinar y colaborativo en el contexto del grupo de investigación Ciencia, Razón y Fe de la Universidad de Navarra, que nació por impulso del profesor Mariano Artigas. Su contenido presenta, conjuntamente y adaptadas al nuevo formato, algunas publicaciones previas de sus autores en revistas especializadas, y no pretende presentar todo un tratado sistemático, sino establecer un punto de partida antropológico. 

Se trata de una reflexión académica argumentada con solidez, abundante aparato crítico y rigor expositivo, que se desarrolla a partir de la filosofía del pensador anglosajón Alasdair McIntyre. Tras una oportuna introducción, que recoge ordenadamente algunos conceptos desarrollados más adelante, expone su tesis en tres capítulos que tratan respectivamente de los asuntos enunciados en el título: la corporalidad y su contingencia psico-biológica, la tecnología desenfocada de sus fines naturales, y el deseo de salvación que abre al ser humano a la trascendencia y se presenta como concepto nuclear de todo el estudio. 

Los autores construyen su argumentación desde una reflexión sobre los fines de la vida humana, con la que entienden la fragilidad biológica y sus manifestaciones en la vida social. Así entienden el envejecimiento como “un lugar de encuentro para entender al hombre”, y las virtudes del cuidado como el ámbito de gratuidad que permite superar una lógica de intercambio utilitarista. El enfoque filosófico bebe de muchas fuentes que son convenientemente citadas, y nos da una idea del origen y el desarrollo de esos conceptos. A lo largo de los párrafos el lector se adentra en los conceptos que confluyen en la tesis del libro: contingencia biológica, vitalismo metabólico, intencionalidad corpórea, deseo de salvación, justa generosidad…  A la vez, son presentados por dos profesores de filosofía con una formación previa en el mundo de la Ingeniería y de la Medicina, lo que aporta una visión más certera al enfrentarse a cuestiones relativas a la evolución tecnológica o al ámbito de la salud. 

Junto a ello, el interés del libro excede el ámbito académico, y los autores han sabido presentarlo con ilustrativas historias tomadas de la literatura con las que finalizan cada uno de los tres capítulos. Estas oportunas referencias a las obras de Aldous Huxley (Un mundo feliz), Mary Shelley (Frankenstein) y Eurípides (Ifigenia), contribuyen a mostrar las universales implicaciones humanas de su estudio, más allá de su evidente interés para los especialistas. La cuidada redacción del texto facilita su lectura, y una imagen de portada cargada de emotividad interpela al lector para que comprenda que no se enfrenta a un asunto de huecas abstracciones teóricas. Está tomada del cuadro “El día de visita al hospital”, del pintor francés Geoffroy (1853-1924). El conmovedor prólogo, del profesor Javier Bernácer es otra muestra más de que la propuesta de este libro toca la fibra del ser humano. Sus autores han sabido suscitar el interés por lo que entienden que “puede ser uno de los desarrollos más importantes en la investigación antropológica de los próximos años”. 

Resulta provocador, en estos tiempos de innovaciones tecnológicas, inteligencias artificiales y anuncios prometeicos de superación de cualquier límite, constatar sin más que la naturaleza humana es vulnerable. Supone un atrevimiento indecente para muchos afrontar el envejecimiento, la enfermedad y la muerte como condición de humanidad, oportunidad de crecimiento y descubrimiento del sentido de la vida, y no como un obstáculo inoportuno, un límite a superar o un incómodo error de cálculo en los programas de felicidad de la modernidad eficiente. 

Corporalidad, tecnología y deseo de salvación

Autores: Jorge Martín Montoya Camacho y José Manuel Giménez Amaya.Editorial: DykinsonPáginas: 160Año: 2024

Desde esta visión, que predomina en la mentalidad utilitarista y entroniza la salud y el vigor físico como fines últimos de la existencia, la vida vulnerable no merece existir y de ahí el empeño por suprimirla desde su inicio si se detecta en un diagnóstico prenatal, o facilitar su pronta eliminación una vez constatado el desgaste que provoca el tiempo. La búsqueda de una vida plena, que ha dirigido los empeños de la filosofía en la historia del pensamiento humano, se reduce al pleno hedonismo, y se conforma con lograr una vida plana, sin el relieve que aporta el sufrimiento humano.

Por eso pienso que aciertan los autores al otorgar categoría académica y profundidad de pensamiento a una expresión vital, a una intuición que el cristianismo ha llenado de sentido desde la fe: la debilidad nos hace humanos y necesitados de salvación. La pretensión de autonomía absoluta no puede ser el fin último de nuestra vida, pues esa concepción del ser humano prescinde de una categoría fundamental: la relación. La vulnerabilidad no es el enemigo a batir, sino un compañero inseparable de camino que se empeña en recordarnos quiénes somos. 

En sus páginas se descubre, con un recorrido intelectual impecable, una convincente expresión filosófica del evangelio de la vida, tan necesario de anunciar en el mundo de hoy. Nos animaba a esta tarea san Juan Pablo II cuando nos invitaba a construir la “civilización del amor” (cfr. Carta Apostólica Salvifici doloris, n. 30). Como también hoy reclama el Papa Franciso una “revolución de la ternura” que nos invita a “correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, un constante cuerpo a cuerpo” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 88).

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