Cédric y Sophie Barut, el testimonio de un matrimonio «insólito»

Cédric y Sophie Barut formaban una pareja joven que, tras ocho meses de matrimonio, recibió un golpe que les dejó sin aire. Él se había despedido de su esposa apenas unas horas antes para dar una vuelta con su bicicleta, algo habitual que le ayudaba a calmar los nervios. Sin embargo, la noche llegó y Cédric todavía no había vuelto a casa.

Preocupada, Sophie empezó una carrera en busca de su marido. Realizó el recorrido en coche que él habría seguido, volvió a casa, le llamó… Nada. Hasta que contactó con la policía y empezaron a llegar las respuestas. Poco después se desplazó al hospital, donde por fin encontró a su marido.

Un conductor borracho había arrollado a Cédric. Estando su marido en coma, con complicaciones que los médicos señalaban a Sophie pero que ella no podía entender, con el miedo como compañero, la joven esposa notó que el mundo se paraba.

En ese momento empezó una odisea que este matrimonio afrontó unido. Desarrollaron un método para comunicarse cuando Cédric no podía hablar, trataron de llenar los huecos que dejaba la amnesia en él, y Sophie afrontó las preguntas y prejuicios de quienes la rodeaban. La vida laboral se complicó y tuvieron que mudarse a una casa adaptada para la silla de ruedas de Cédric. Y, mientras tanto, Sophie dejó por escrito su día a día.

«Accueillir», una de las esculturas en bronce de Sophie

Años después puede leerse su testimonio en un libro recién publicado en español: “Volveré antes de que anochezca”. En él, además de su historia, pueden encontrarse retazos de la poesía de Cédric y menciones a las esculturas que realiza Sophie.

En esta entrevista, los dos protagonistas hablan del papel que tuvo Dios para fortalecer su matrimonio y sacarlo adelante, sobre la vida que llevan con sus cuatro hijos y las razones por las que decidieron compartir su testimonio.

Sophie, ¿por qué te decidiste a escribir este libro? ¿Qué pensaste de esta decisión, Cédric?

– [Sophie]: Al principio decidí escribir este libro porque un periodista vino a hacernos preguntas 10 años después del accidente y yo no podía recordarlo todo. Tuve que reabrir un diario que llevaba desde la secundaria, que continué en mi boda y luego durante el accidente, hasta que llegó nuestro primer hijo, 5 años después. Para entonces había dejado de escribir, atrapada por la vida de madre, pero guardé esos 7 cuadernos en un cajón de casa bajo llave. Estaba convencida de que nunca se los leería a nadie.

Al releer las páginas me dije que habíamos recorrido un largo camino, que esta aventura no era cualquiera y que Dios nunca había dejado de ayudarnos cada vez que nos rendíamos. Me dije que no tenía derecho a guardarme para mí todas las hazañas de Dios en nuestras vidas.

Era la época de los atentados de París y los periodistas franceses decían que todas las religiones eran vectores de violencia, y yo no podía permitir que lo dijeran. Mi religión cristiana me salvó a mí, a mi marido y a mi familia. Fue Cristo quien me ayudó a amar mejor a los que me rodeaban, a ser valiente y a seguir adelante. No podía quedarme callada.

Y entonces me encontraba a menudo con esposas de personas con traumatismos craneoencefálicos que eran muy infelices, parejas que se habían separado a causa de la discapacidad. Me decía a mí misma: «si ciertas palabras resonaban en mí y me permitían seguir adelante, ¿por qué no iban a hacer lo mismo con esas mujeres?». Hay algo universal en los descubrimientos que he hecho a través de esta terrible experiencia.

– [Cédric]: Este libro es el recuerdo que no tengo. Ha sacado a la luz el significado de todo aquello. Es un testimonio que espero ayude a otros afectados por la terrible experiencia. Nos habría encantado tener un libro así en las manos cuando todo se puso patas arriba y nos dimos cuenta de la magnitud del reto. Siempre me complace acompañar a Sophie cuando da charlas en institutos, universidades, parroquias y asociaciones. 

¿Es posible mantener el hábito de oración y la presencia de Dios en medio de una vida tan inusual?

– [Sophie]: Nuestra vida es ciertamente insólita a los ojos de los demás, pero es la nuestra, es la única que conocemos, y tenemos nuestros puntos de referencia y nuestro ritmo. Es un equilibrio a veces frágil, que hay que reinventar a medida que surge cada dificultad, pero lo que es seguro es que la oración ocupa en ella el lugar que le corresponde. Incluso me atrevería a decir que la oración se ha vuelto indispensable. Sin ella, la discapacidad nos encierra, creando frustraciones que interfieren en nuestra relación. 

Intentamos tener un momento de oración en pareja cada noche para encomendar nuestros hijos y nuestros padres a Dios, encomendarnos al día siguiente y dar gracias por el día. La alabanza es un verdadero motor de progreso. Da gracias por todas las cosas buenas del día: siempre las hay. 

Intento ir a Misa todas las mañanas y luego está el Ángelus a mediodía, y todas las palabritas que le digo a Jesús, a María y a los ángeles de la guarda durante el día. La oración se ha convertido en nuestro aliento. A veces la dejamos de lado porque el ritmo diario nos distrae de ella, pero las consecuencias son tales que la retomamos con bastante rapidez.

– [Cédric]: Diría que para mí es aún más fácil tener un ritmo regular de oración porque tengo mucho tiempo de silencio, muchas frustraciones que ofrecer, mucha ayuda que pedir.

Me gusta hacer retiros espirituales, a menudo acompañado de un amigo y a veces de una enfermera. También disfruto de momentos de adoración ante la Presencia Real de Cristo, en capillas de Lyon. El Rosario, que es un arma poderosa, también me acompaña.

¿Qué les ha permitido permanecer fieles a sus votos matrimoniales?

– [Sophie]: Desde que era pequeña, mi ideal era formar una familia con un hombre al que elegiría para toda la vida. Siempre he querido que mi vida fuera una bonita historia, una aventura maravillosa, y no tener remordimientos cuando todo haya quedado atrás. Pero yo era muy frágil, «hipersensible» como decían mis padres, y tendía a dramatizar cada pequeña dificultad que encontraba. No estaba «armada» para semejante aventura.

Muy pronto me di cuenta de que si quería vivir mis sueños y ser feliz superando los retos que la vida me deparaba, tenía que aliarme con Jesús. Sola, me di cuenta de que nunca lo conseguiría.

Habría podido apretar los dientes y quedarme con Cédric por deber, pero no habría sido feliz, lo sé. Fue Dios quien me dio el amor para dárselo a Cédric. Dios me ayudó a diario a insuflar vida a nuestro hogar, a aportar libertad, risas y sorpresas. Estoy profundamente convencida de que sin Dios mi vida habría sido un profundo desastre, porque las pruebas pueden dañarte si se viven sin amor.

– [Cédric]: Fue mi amor de toda la vida por Sophie lo que me ayudó a mantenerme fiel a mis votos matrimoniales. Sophie era mi única oportunidad de volver a una vida más o menos normal. No la habría dejado por nada del mundo.

Basándose en su experiencia, ¿qué consejo darían a un matrimonio que se encuentre en una situación similar?

Cédric y Sophie Barut (Copyright: Tekoaphotos)

– [Sophie]: Mi consejo a las parejas en esta situación sería que se preguntaran primero: ¿cuál es mi objetivo en la vida? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Qué es para mí una buena vida, una vida de éxito? ¿Qué «marca» quiero dejar al comienzo de mi vida? Cuando me presente a Dios al morir, ¿qué habrá en mi «maleta» para este viaje final? Porque, de hecho, nuestro tiempo en esta tierra es como una serie de obstáculos. Superarlos es progresar. Pero cuidado: hay que superarlos con amor para crecer en el amor. Y eso no es fácil.

Y, una vez tomada la decisión: echarse en brazos del Señor, confiárselo todo, gritar, llorar, reír con Él, tener una relación verdadera y espontánea con Cristo. Pedir sin cesar, agradecer, contemplar. Vivir el momento que se nos regala sin proyectarnos demasiado en el futuro ni detenernos en el pasado. Vivir con confianza. Toda prueba puede conducir a un bien mayor; es una serie de decisiones que hay que tomar, una tras otra.

Pero cuidado: no estoy diciendo que todas las esposas de discapacitados deban quedarse con sus maridos. Algunas discapacidades, sobre todo las mentales, destruyen el vínculo y hacen que la persona quede totalmente encerrada por su enfermedad. Dios quiere que seamos felices, pero si nos destruimos en presencia de un marido que ya no nos tiene afecto, podemos ser más útiles ayudándole «desde lejos», para no hundirnos con él. A veces la convivencia se hace imposible.

Tenemos que discernir lo que Dios nos llama a hacer. Cada situación es diferente. Es importante ser fieles a nosotros mismos y a Dios.

¿Qué tienen el matrimonio y la familia que hacen que dos personas luchen con tanta intensidad por sacarlos adelante?

– [Sophie]: La búsqueda de la verdadera alegría. El deseo muy egoísta de ser feliz, sencillamente.

Es como un arquitecto que se enfrenta a una casa vieja y maltrecha: pondrá toda su energía en restaurarla, reconstruirla, para sacar a relucir todos sus encantos, todos sus rincones… ¡y esta casa tendrá mucho más carácter que una casa nueva perfecta! No tiene elección: es su casa.

Me encontré en esta situación al día siguiente del accidente: había que construirlo todo sobre unos cimientos tan distintos de los del principio de nuestro matrimonio. ¡Menuda obra! ¡Qué aventura! Pero sentía que si dejaba a Dios trabajar en mi vida iba a ser feliz, verdadera y permanentemente feliz. Dios iba a poner brillo en mi vida, más allá de las apariencias. Y Él cumplió sus promesas.

– [Cédric]: Lo que me motivaba era encontrar un lugar en el mundo. Un lugar como marido, un lugar como padre, un lugar como poeta. Porque sabía que nunca podría volver a trabajar. Tenía que ser útil en otra parte, de otra manera.

Sophie, pudiste alegrarte de los mínimos progresos de Cédric, pero ¿cómo conseguiste mantener viva la esperanza?

– [Sophie]: Un amigo me decía: no puedes aferrarte al futuro. Mientras los médicos te digan que es posible progresar, cree en un futuro mejor. Todo es posible, siempre. A Dios no le importa el tiempo. Él sólo deja que la vida suceda, un día a la vez. Jesús dijo: «Mirad, yo hago nuevas todas las cosas».

Cada vez que Cédric progresaba, me alegraba, de verdad. Y sabía que Dios me iba a dar los medios para vivir las dificultades que fueran surgiendo. No tenía que «imaginarlas» y ahogarme de antemano. Sólo tenía que vivir cada día, un día cada vez. Afrontar el reto del día, sin más.

Cédric, tuviste que ir muy despacio, y en el libro de Sophie vemos que a veces te sentías muy frustrado. ¿Qué te motivó a seguir trabajando para recuperarte?

– [Cédric]: Antes del accidente solía llevarme al límite en la bicicleta y corriendo. He mantenido ese espíritu deportivo. Con mi fuerza de voluntad, intentando que mi cuerpo me obedeciera. También quería igualar el coraje de Sophie. Veía que luchaba para que tuviéramos una buena vida y ésta era mi manera de mejorar su vida: intentando recuperar la mayor autonomía posible. Siendo positivo y avanzando.

La conversión de Cédric se menciona en el libro, y Sophie incluye muchas notas sobre sus oraciones. ¿En qué detalles concretos podéis sentir el consuelo de Dios en momentos críticos?

"Douceur", escultura de Sophie Barut
«Douceur», una escultura de Sophie Barut

– [Sophie]: Vivimos momentos de profunda comunión con Dios. En una ocasión, esto se manifestó en lágrimas de alegría y paz que no pude contener delante del sagrario, como si el amor de Dios cayera en cascada en mi corazón abierto de par en par. En otra ocasión, estaba convencida de que Jesús estaba allí a mi lado, diciendo: «Yo voy a cuidar de Cédric. Tú ocúpate de ser feliz, a su lado, desarrolla tus talentos, cultiva tus amistades, y Cédric cosechará tu alegría». Y en mi día a día recibo muchos guiños de Dios. ¡Me dije que algún día los escribiría para no olvidarlos!

Pero también hay momentos de desesperación en los que el Cielo parece estar vacío, a pesar de mis gritos de auxilio. En esos momentos, me digo «ten confianza, ten paciencia, un día tendrás la respuesta». Y funciona. Pero a veces es difícil esperar.

Sophie, la actitud que describes en el libro podría calificarse como optimista, ¿te considerabas una persona optimista antes del accidente? ¿Te lo consideras ahora? ¿O piensas que la actitud que tuviste viene de un origen distinto al optimismo?

– [Sophie]: Antes del accidente, hacía una montaña de un grano de arena. Tendía a dramatizar y complicarme la vida. El tsunami del accidente puso las cosas en su sitio. Si quería sobrevivir, tenía que atenerme a la realidad del momento, acallar mi imaginación y construir sobre roca.

Creo que la confianza en Dios es más que optimismo. Optimismo es pensar que todo va a salir bien. Yo no pensaba que todo iba a salir bien, pensaba que Dios iba a ayudarme a pasar por todo lo que iba a tener que pasar, fuera cual fuera el estado de Cédric.

Tenéis varios hijos a los que no habéis ocultado la realidad de vuestra historia. ¿Cómo les contáis lo que está pasando? ¿Cómo les enseñáis a ser pacientes con vuestro ritmo de vida diferente al usual?

– [Sophie]: Los niños nacieron después del accidente de su padre. Es la única forma en que le han conocido. Así que no esperan más de lo que él puede darles. A veces le han comparado con otros padres, y eso a veces ha sido un poco doloroso, pero cuando ahora les preguntamos si habrían preferido nacer en otra familia, nos dicen que no. Quieren a su padre tal como es y no lo cambiarían por nada del mundo.

El periodo más duro fue la adolescencia, sobre todo por ciertas secuelas cognitivas: su amnesia, sus obsesiones ideológicas y sus rabietas incontrolables. Hubo momentos difíciles con los hijos, pero los superamos… ¡o casi! Nuestro hijo menor tiene 13 años y los otros 16, 18 y 20.

El ritmo de nuestras vidas es bastante agitado, porque intento hacer viajes regulares con 2, 3 o 4 niños. No siempre llevo a Cédric conmigo porque le gusta la tranquilidad de nuestra casa de campo, junto a sus padres, en medio de la nada. Cédric tiene mucha libertad allí porque todo está diseñado para su silla de ruedas eléctrica. Puede pasear solo por el bosque con el perro, e ir y venir entre nuestra casa y la de sus padres. Ya no tengo ningún reparo en dejarle allí porque él quiere estar allí.

Por ejemplo, en los viajes que hemos hecho los niños y yo hemos podido alojarnos en una casa en un árbol, ir al mar, ver el Mont Blanc o esquiar en los Alpes. (¡Cédric odia la nieve!) Son momentos a los que tengo especial cariño y que nos dejan muy buenos recuerdos. Hago todo lo que puedo para que la discapacidad no ocupe demasiado espacio en la vida familiar y para que los niños tengan una vida lo más «normal» posible.

El matrimonio Barut con sus hijos
El matrimonio Barut con sus hijos

Habláis mucho en el libro de la importancia de hablar las cosas, ¿en qué consiste una buena comunicación en el matrimonio y la familia?

– [Sophie]: Mi credo es que todo se puede decir, pero hay que saber a quién, ponerlo de la forma adecuada y elegir el momento oportuno. Por naturaleza, me cuesta mucho callar lo que me preocupa. Afortunadamente, Cédric tiene una gran capacidad de escucha y a veces da buenos consejos (cuando su amnesia le permite considerar la situación en su totalidad). Cuando Cédric está triste, le animo a que no contenga las lágrimas. Nos permitimos llorar porque nos hace sentir bien y nos permite llegar al fondo de las cosas. Expresar su angustia le alivia.

Con los niños pasa lo mismo. Intento hablar con ellos de todo. Les cuento mis dificultades para que no se sientan reacios a contarme las suyas. Les digo todo el tiempo (y a Cédric también) que son toda mi vida y que su felicidad es importante para mí, así que no deben dudar en acudir a mí para que pueda ayudarles y escucharles. La idea es que seamos una familia unida ante la adversidad. Nuestra familia debe ser un refugio para ellos, mientras construyen la suya propia.

La entrada Cédric y Sophie Barut, el testimonio de un matrimonio «insólito» se publicó primero en Omnes.

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