Antes de dar el paso de perdonar, parece imposible

“Nos jugamos la verdad de nuestra fe en los actos concretos de amor”, señala el cineasta Juan Manuel Cotelo en esta entrevista. Cotelo, que ahora se encuentra embarcado en el proyecto de Hagan Lío, dirigió en 2019, una película – documental que no ha perdido ni una pizca de actualidad: El mayor regalo.

En ella se asoma a historias reales de perdón, pero de perdón duro, impactante, casi descarnado. Historias que hacen cuestionarse a uno mismo si, realmente, estaríamos dispuestos a perdonar, porque, en el fondo, hemos puesto límites al perdón y eso mismo, lo ha matado de raíz.

El perdón es como el amor, cambia de sentido al ponerle apellidos. Este es el eje alrededor del que gira esta obra de Cotelo de la que hablamos para ponerle cara e historia al perdón.

Más allá del guión. ¿Cómo se aborda el perdón en la vida?

—En la vida real, no existe nadie que disfrute al pedir perdón o al perdonar. Porque el perdón siempre surge de una herida que hemos causado, o nos han causado.

Sin embargo, aunque nos cueste, todos tenemos la experiencia de que nos hace bien pedir perdón y perdonar. Es lo único que cierra nuestras heridas, aunque queden las cicatrices.

Para dar ese paso, no es aconsejable fiarse de los propios sentimientos, ni de las propias fuerzas. Porque lo normal es que el sentimiento vaya en dirección contraria al perdón y las fuerzas nos digan que no podemos dar el paso.

Por ello hemos de dejarnos ayudar, por personas buenas en la tierra y por la ayuda espiritual del Cielo. Un saltador de altura con sus propias fuerzas logra superar una altura muy pequeña, pero con una pértiga, sube mucho más. Esa es la ayuda que necesitamos y que, si la pedimos al Cielo, nunca nos falta.

Cotelo en un clip de la película “El mayor regalo”

En El mayor regalo, Tim destaca que “el perdón es el más difícil y digno acto del hombre“. ¿Somos más humanos cuando perdonamos? ¿No es más natural la venganza?

—Somos humanos cuando amamos y cuando odiamos. Somos humanos en toda circunstancia. Y lo que todos podemos experimentar de forma natural es que el rencor nos sienta mal, fatal… y que el perdón nos sienta fenomenal.

Pero, para experimentarlo, hemos de dar el paso. Antes de darlo, parece imposible. Después, vemos que no era para tanto. Todo lo que nos acerca al amor nos dignifica, nos eleva. Y todo lo que nos deja atados al rencor, nos hunde. No en teoría, sino en la práctica.

¿Necesitamos a Dios para entender y abrazar de manera completa el perdón?

—No creo que podamos hacer algo “sólo en el plano humano”, como si hubiera actividades divinas y otras que no lo son. Todo lo que hacemos, empezando por el hecho de estar vivos, es un acto divino. No hay ninguna opción de separar lo humano de lo divino, salvo artificialmente.

La realidad es que necesitamos a Dios para respirar y, por supuesto, para amar. Cuando los latidos de nuestro corazón se separan de los latidos del amor de Dios, sufrimos. Cuando nuestras ideas se separan de los pensamientos de Dios, sufrimos.

Cuando nuestros actos se separan de la voluntad de Dios, sufrimos. La distinción entre lo humano y lo divino es de salón, es puramente teórica. San Pablo lo expresa de maravilla: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”. Por eso, indudablemente necesitamos a Dios para perdonar, tanto como las piernas para montar en bicicleta. No daríamos una sola pedalada sin Dios.

El cristianismo es la religión del perdón. ¿Por qué muchas veces se olvida incluso entre los propios cristianos?

—Porque el examen sobre nuestra vida de fe no es teórico, siempre es práctico. De nuevo cito a San Pablo: “Hago el mal que no quiero hacer, y el bien que quiero hacer, no lo hago”. Solución: la plena confianza en el poder de la gracia, en la ayuda de Dios.

Quien crea que basta con la buena intención y con una buena formación doctrinal, se equivoca y el descubrimiento de sus limitaciones le resultará traumático. Lo dice Jesús claramente: “Sin Mí, no podéis hacer nada”.

Los doctores de la ley a quienes Jesús llamó hipócritas no tenían problemas religiosos teóricos. ¡Eran doctores! A cualquiera de nosotros podría pasarnos lo mismo, si nos conformarnos con saber la teoría o incluso si la predicamos. Nos jugamos la verdad de nuestra fe en los actos concretos de amor. Así lo pedimos en el Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. 

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